Las manecillas del reloj

        Quizá porque prematuramente fue diagnosticado de tuberculosis dejándole postrado en la cama desde muy temprana edad, quizá porque los tuvo siempre a mano dada la condición de su padre, lo cierto es que el recuerdo de los relojes esparramados sobre el tapete de la mesa tan peculiar, con bordes canteados con resalto evitando que se cayeran las piezas – algunas tan diminutas que le costaron más de un quebradero de cabeza- , con reposabrazos y cajoneras que mandó su abuelo hacer a un carpintero que hacía las veces de ebanista, formaba parte de su infancia, tanto, como el olor a puchero de la cocina donde se le permitía estar cuando los médicos suspendían el reposo.

           Los destornilladores, las pinzas, las espátulas para abrir fondos, los alicates de presión y corte, las bases con puntas de diferentes tamaños para sacar los pasadores, estos últimos ya en su madurez como relojero, pues los relojes de mano aun  siendo de cuerda llegaron cuando los relojes de bolsillo con leontina eran una antigüedad, una pieza de coleccionista casi, indispensables según él ” porque la elección de la herramienta para abrir cualquier tipo de reloj, podía marcar la diferencia “. Desconozco si él la marcó, y si su trabajo podía diferenciarse del de cualquier otro, pero a su taller -una modesta ampliación en la parte trasera de la casa junto al corral – acudían hombres de toda clase y condición, y en particular, uno que se hacía llamar Don Ernesto de Zuazua y que debía de ser alguien importante a tenor del vino que mandaba servir a su madre – sino el mejor, si a menudo la única botella – cada vez que se dejaba caer por allí.

              Coincidente con la vuelta de alguno de sus viajes, mandaba traer unos ejemplares que se distinguían del resto por la exquisitez de sus cajas finamente talladas, por el puente del volante dorado, cincelado, con esfera de sol ( “este reloj astronómico debe de ser Suizo” aseguraba en plena faena empuñando la lupa”) o con indicadores de calendario, semanario y horaria con cifras arábigas. Una vez, a punto de subirse al coche cuya puerta se apresuraba a abrir el cochero, le vio meterse la mano en el bolsillo en un movimiento automático de quién ha repetido tantas veces el mismo gesto, y observó, cómo dejando caer la cadena al compás de su mano, sacaba el reloj que probablemente acababa de recibir de manos de su padre, y que volvía a su poder, remendado, con el afecto del cazador que mandaba llamar a su perro después de una jornada de caza. Delatándose como lo que era, un perfecto caballero. Esa imagen quedó grabada hasta muchos años después, cuando desaparecido el taller, y su padre con él, decidió continuar el oficio que había mamado desde niño, abriendo su propia joyería- porque los relojes por sí solos ya no daban- , gracias al montoncito que había reunido entre la venta de la casona, y los ahorrillos de una madre mirada que padeció el racionamiento y vivió siempre pensando en la falta.

             La cosa funcionó bastante bien al principio, permitiéndole ampliar el negocio comprando el local de al lado en la década de los ochenta, llegando a tener dos empleados a jornada completa. Pero hacía mucho que era una sombra de lo que fue y daba para un sueldito para vivir, y poco más. En esos cincuenta y cuatro metros cuadrados sólo quedaban él, y el gato en la trastienda como correspondía a un lugar de su categoría profesional. Y en esas andaban cuando los acontecimientos de los últimos días acabaron decretando un estado de alarma que a sus años, él que creía haberlo visto todo ya, le confinaron en el hogar inesperadamente.

             Gracias a la ayuda de un sobrino, se apañaba con las compras que semanalmente traía hasta su puerta, correspondidas con una generosa propina. Así que aunque cada noche, como de costumbre rezaba y daba las gracias preocupado como estaba, con las cifras escalofriantes que arrojaban las televisiones en todo momento, empezó a acostarse un poco más tarde por participar de los aplausos, y disfrutar de las dedicatorias de todos esos niños que se acordaban de sus abuelos, y que cada vez le emocionaban más, cómo tantas otras cosas que a la vejez, le infantilizaban un poco. Él que no había tenido hijos, recogía como destinatario anónimo todos esos mensajes de esperanza ayudándole a conciliar mejor el sueño . Hasta que un buen día, siendo como era torpe en casi todo, menos en lo suyo- porque eso de ponerse a hacer mascarillas era ciencia ficción para un anciano que sabía coser un botón y poco más-, tuvo una idea.

            Viendo las imágenes del hospital de campaña de Madrid, tan desangelado, con la empatía de imaginarse siendo un enfermo terminal debido a su edad, y a una operación de un cáncer de pulmón años atrás, sintió que toda esa gente no podía morir así, privados de sujetar una mano amiga antes de que el cuerpo vuelva al polvo y el espíritu vuelva a Dios (1), bajo un falso techo y escuchando el soniquete de un respirador. Si algo le había reconfortado durante el tiempo que pasó en su habitación de niño, tumbado en esa cama, fueron aquellas manecillas distinguidas simulando un bigote en cada punta, anunciando la matemática de sus días: el canto del gallo cuando recién amanecía, el beso en la frente de su madre como un desayuno que se antojaba más apetitoso que el paliativo, la visita del médico, el sonido metálico del oficio paterno.

         Tardó trece días, con sus días y sus noches, en culminar su obra. Un reloj de dimensiones estratosférifcas (de ahí al cielo parecía insinuar) presidiendo el pabellón ante la impudicia de la muerte, y la vida.

            Han pasado cinco años ya, y aunque reubicado, permanecía colgado como símbolo incólume, con sus manecillas marcando las horas como el año que nunca olvidaremos. Como la gesta de un hombre noble, que al final de sus días compartió lo único que sabía hacer, porque la vida debía continuar.

 

(1) Eclesiastés 12:7

 

 

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