El extranjero

               De dónde yo vengo todo es oscuridad hasta que se produce la probabilidad matemática que da lugar a la formulación exacta de mi nacimiento. Ansiada por toda la comunidad, soy hija bastarda de muchos, pero sólo uno o una- la ciencia no conocía limites- pasaría a la historia como progenitor. Aunque dicho sea de paso me han hecho pasar por sitios muy raros antes de darme los apellidos.

              El parto fue muy complicado. A punto estuve de quedarme en la fase embrionaria y que la elegida fuera otra, tales eran las millonarias y miles, las posibilidades. Tuve que pasar por un montón de tubos de ensayo, un vaso de precipitados, un matraz de nombre impronunciable – apostaría que era alemán-, y por unas probetas volumétricas dónde acabé entremezclada con tantos líquidos ( proteínas, toxinas, no sé, porque ahí dentro no sé podía ni respirar) que siendo una criatura tan diminuta como era, como quien dice un microorganismo, tuve miedo de ahogarme en esas aguas congeladas. Sólo cuando me confinaron en una especie de cohete pequeñito, totalmente transparente para ver las estrellas, dotado con un propulsor y un tobogán de punta aguda al final, me sentí a salvo sin todos esos intrusos babosos manoseándome.

              Lo que no imaginaba entonces es que me iban a dejar sola tan pronto ( a ver qué hacía, porque se ve que no tenían mucha confianza en mí), inoculada en cuerpos extraños. Concretamente en unos bichitos de hocico puntiagudo, y cola larguísima que no paraban de moverse en espacios penitenciarios aunque contaran con separadores y biberones- aunque reconozco que el servicio de limpieza era excelente, desinfectando y esterilizando a cada rato-, y que no me dejaron dormir en ningún momento. No contentos con eso, me hicieron visitar a toda la familia o eso deduje porque físicamente se parecían bastante, aunque algunos con pelo de distinto color. Se conoce que alguno había ido a la peluquería y lucía un tono más claro que los otros. La verdad, no sé quiénes eran, pero que quede claro que no pienso volver nunca más. Menuda experiencia de alcantarilla.

               Así que después de ese paseo por la muerte (tranquilamente podían haberme hecho desaparecer entre esas bestias), anunciado con bombo y platillo me llevaron hasta el que debía ser el lugar definitivo, el ansiado hábitat natural: mi hogar. Aún recuerdo lo emocionadisima que estaba cuando atravesé  la puerta- con carne de gallina y todo- hasta sumergirme en el laberinto aquel inspirado en Marte, y que habría hecho las delicias de la mismísima Alicia. Disparada como iba como un piloto de formula uno a toda velocidad por un circuito de más de cuatro litros. Y es que se trataba de una carrera de verdad. Épica. A contrarreloj. De las que te obligaban a quedarte frente al televisor a ver si de una vez por todas, conseguías el título mundial.

                   Hasta que empezaron a ocurrir cosas muy desagradables.

                  Descubrí que a algunas personas les caía francamente mal. Me rechazaban. No existía  nada más traumático para un niño, que sentirse marginado en un su primer día de clase. ¿Qué había salido mal? ¿Qué o quiénes les habían puesto sobre aviso llamándoles a filas con eslóganes de alistamiento? Porque no me dieron la oportunidad de explicarme, un tête â tête privado a ver qué, y yo ante ese éjercito de dolores musculares, tos, conjuntivitis o inflamación de garganta, no sabía qué hacer. Porque más allá de su animadversión y desaprobación, resultó que se pusieron enfermos de verdad. Decretando incluso el estado de alarma. Hasta dónde yo sé ( debido al shock sufrí una especie de amnesia que me impide recordar nada) me desterraron y no volví a saber más de ellos. Quedé traumatizada. Tuve que volver a la clínica durante una larga temporada hasta superar todo aquello.

                   Así pasaron los meses, con gran impotencia y resignación, hasta que gracias a la psicoterapia  (había que analizar cúal era el origen del mal) y a la ingesta de ciertos medicamentos encaminados a modificar algunos indicadores de mi cerebro, al parecer descompensados (por supuesto bajo estricta vigilancia médica, como no podía ser de otra manera), acabé superándolo. Contagiada como estaba del entusiasmo general que me rodeaba, tales eran las esperanzas depositadas en mí, y por qué negarlo, con cierta ansiedad percibida en el ambiente después de tanto empeño, emprendí con toda la pompa científica a mi servicio, el viaje más emocionante de mi vida.

              Con lo que no contaba, ya en otro cuerpo que tardó bastante en reconocerme, casi dos semanas aproximadamente retenida malamente en la aduana por no se qué lios del visado, es que la historia volvería a repetirse.

              Reconozco que a diferencia de la primera vez, en esta ocasión no sacaron la artillería pesada, pero percibí inmediatamente que se había corrido el rumor. Supe que habían construido un estado de resistencia que no sabría especificar si se había producido de una manera natural, o adquirida, y que les otorgaba una especie de inmunidad diplomática, considerada como estaba como una extranjera. Una apátrida vaya. Lloré mucho, muchísimo- qué culpa de haber nacido así-, hasta afrontar la realidad física. Y aunque me respetaran permitiendóme circular bajo un estricto pacto de no agresión (la sana convivencia, artículo número uno de su constitución), nunca me considerarían uno de los suyos. Es más, como garantía para blindar su cumplimiento tenían patrullando a un cuerpo militar que extrañamente se hacían llamar los anticuerpos. La verdad, nunca lo entendí. Era como tener el enemigo en casa.

             Hoy por fin es el gran día, mi presentación en sociedad, pues aunque no ostentaba su nacionalidad, si que había obtenido el permiso de residencia por trabajo. A las cuatro de la tarde hora española- porque desvelado el secreto al final resulta que era hija de padres españoles, toda una revelación según parece, la rumorología dice que me colocarán junto a Cristobal Colón – compartirán ante el mundo entero, mi acta del registro civil con nombre y apellidos.

             Soy la Vacuna Covid-19

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